viernes, 29 de junio de 2012

GOLPES DE ESTADO DE TERCERA GENERACIÓN



O DE LA CONSOLIDACIÓN DE LAS OLIGARQUÍAS LATINOAMERICANAS

Jorge Luis Oviedo


El golpe de Estado del 28 de junio de 2009 que se le propinó a José Manuel Zelaya Rosales, en Honduras,  marcó el inicio de una nueva modalidad de derrocar un gobierno legítimamente electo.
Durante todo el siglo XIX y algunas décadas del XX Latinoamérica experimentó derrocamientos gubernamentales con bastante frecuencia; estos tuvieron ninguna o poca injerencia externa, pues se trataba de las propias contradicciones internas que surgieron entre las facciones de criollos más influyentes y sus respectivos seguidores.
No hubo en el siglo XIX partidos políticos en el sentido estricto de la palabra sino caudillos y seguidores que se imponían, un día unos y otro mes, los otros.
Algunas veces se proclamaban jefes de gobierno, en otras ocasiones  derrocaban al contrincante que, por lo general, escapaba; pero cuando no lo hacía era ejecutado  por los vencedores.
Esta primera modalidad, con las excepciones de los que fueron electos a través de procesos electorales, generalmente de segundo grado y en los que no votaban mujeres ni los analfabetos, sino los que tenían condición de ciudadanos -suficientes bienes-, dio paso a los golpes de estado propinados por militares de carrera.

Curiosamente los ejércitos de América Latina, en su gran mayoría, se organizaron y modernizaron bajo la tutela de Los Estados Unidos, como es bien sabido (después de la segunda guerra mundial) acontecimiento que permitió  a USA hacer valer aquella máxima de Quincy Adams que sintetiza la doctrina Monroe: “América para los americanos”. Y fue así porque la segunda guerra mundial convirtió a Los Estados Unidos de América en el país más poderoso de Occidente, con lo cual su influencia se extendió al mundo entero y se asignó, para sí, con "plena autoridad" Latinoamérica.

Lo demás es historia conocida, tanto en el ámbito de su influencia política como en la organización de los ejércitos.

Los Filibusteros primero, las compañías fruteras y mineras después, junto a las cónsules habían sido en los siglos XIX y primeras décadas del  XX los que influían en el rumbo de los gobiernos, unas veces más otras veces menos, inclinándose ora aquí, ora allá, según convenía a sus intereses. Empero después de la segunda guerra mundial la relación bilateral se impuso como “el trato más civilizados” y cesó la influencia de los cónsules (mayordomos)por la de los embajadores, las visitas de los presidentes a recibir "indicacines" en la Casa Blanca y las visitas del Jefe Blanco de USA, de vez en cuando,  a los países latinoamericanos para ratificar las ordenanzas.

Por supuesto, lo más importante, formar la gendarmería para evitar la expansión del comunismo soviético y controlar a las élites políticas, criollas y mestizas, cuando se mostraran muy reformistas o revolucionarias, inclusive.

Así los Rómulo Gallegos en Venezuela, los Jacobo Árbenz en Guatemala, los Juan Domingo Perón en Argentina, los Salvador Allende en Chile, entre tantos otros que sufrieron golpes de estado o fueron asesinados marcaron la pauta del ciclo de las dictaduras militares que surgieron para, como decía don Quijote, “enderezar entuertos” (comunistas); algunas de las cuales se terminaron desviando de las política norteamericana, como Torrijos en Panamá, por cuya razón, sería “eliminado” a través de un accidente aéreo.

Los cierto es que las propias Fuerzas Armadas, como se le denominó a la mayoría de ejércitos en Latinoamérica durante su control del poder  debieron ser “corregidas”, cuando profundizaban en los procesos reformistas; de ese modo al general en jefe lo sustituía otro general o una junta militar y todo volvía a la calma en el Departamento de Estado y en los influyentes sectores oligárquicos criollos que, cada año fueron incrementando su capacidad.

Tres sectores oligárquicos sucedieron a los grandes terratenientes que controlaban poder y haciendas durante la época colonial, en el siglo XIX y buena parte del siglo XX,  son los agroexportadores (la generación moderna de terratenientes que  surgieron al amparo de las compañías fruteras en algunos de nuestros países), los banqueros y los magnates de los medios de comunicación.

De estos tres sectores dependen, fundamentalmente, las actuales oligarquías latinoamericanas que, con sus aliados externos, se han prácticamente consolidado.

Por eso, pese a la ascensión al poder, en casi todos los países de América del Sur, de gobiernos reformistas (de ideología de izquierda), los cambios que se han realizado se encuentran todavía a nivel de la epidermis estructural, pues el sistema, es decir, las oligarquías ya se volvieron lo suficientemente fuertes como para asumir cierto nivel de autonomía en la toma de decisiones que a algunos nos pueden parecer retrógradas, cavernarias, etc.; pero a ellas (las oligarquías) les resultan necesarias, para hacer valer su condición de amos.

Una de las debilidades de los gobiernos progresistas y de los sectores populares ( de izquierda) es el menosprecio a las oligarquías, pues consideran al burgués latinoamericano un ignorante  o un mediocre (hay toda una suerte de epítetos que reflejan estos criterios superficiales) y así, lejos de contribuir a forjar mayor conciencia y especialmente el conocimiento necesario del real enemigo de clase, se cae en la pancarta y en el deshago (emocional).

De esta suerte resulta difícil,  y casi imposible, organizar los sectores populares para concertar y definir estrategias que permitan el consecuente apoyo a los procesos de cambio y al enfrentamiento adecuado del verdadero enemigo; este último, dueño de los medios de producción, en cambio, se muestra más eficiente en sus estrategias, así con gran facilidad desacredita a los gobiernos progresistas, a los líderes gremiales y sindicales y enarbola discursos en todas las direcciones de su conveniencia y, en última instancia, cuando estas no son suficientes, después "del divide y vencerás", aplica la otra máxima descubierta por Maquiavelo: "el fin justifica los medios"; dejando como última opción, la intervención quirúrgica, como dicen los médicos, que en política no es otra cosa que un golpe de estado.

Debemos interpretar, por tanto, estos golpes de estado, el de Honduras y Paraguay, más que como un retroceso (de la democracia ¿cuál?), como la consolidación de las oligarquías, pues ahora, sus gendarmes (policía y Fuerzas Armadas) no asumen el control total del poder como sucedió en el pasado ciclo de las dictaduras militares; ahora, en tanto las dirigencias populares y los líderes reivindicadores, no sean capaces de involucrar a la población desheredada y las capas medias en los procesos de cambio, lo que vamos a presenciar es la dictadura “democrática” de las oligarquías, quitando y poniendo presidentes cuando lo estimen necesario. Esto lo denominan estabilidad democrática e institucional.
Y esto ocurre porque los principales enemigos de los sectores populares son la ignorancia, el miedo y la tacañería.

28/06/2012  

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