Oscar Amaya Armijo
Esta realidad
muerde, lacera, no se puede evadir, aunque uno no quiera, allí te aparecen sus
dientes, sus alfileres, punzándote; de nada sirve el paisaje espléndido, las
ciudades empotradas en el verde esmeralda, los trinos, las flores, las
mariposas, los caseríos de estampas, las cascadas, las selvas, las montañas aun
agrestes y ubérrimas, el cielo azul, las parvadas, los mares, los ríos , todo
agolpado allí como un paraíso; pero caramba, ello no calma, no llena, porque allí, también, pegada como
costra, pervive el hambre, la muerte
sicariada, el salvajismo de unos cuantos, el latrocinio, la perversidad
traducida en ganancia, la carencia, la maldita plusvalía del hartazgo, la opresión,
la dictadura montaraz, los heraldos del terror;
allí pulula todo ello con sus pezuñas de averno y ni esa poesía exquisita de
los muchachos ni ese arte colgado de los lienzos ni esos pentagramas de blanda
luz en las canciones ni los libros
publicados ni aquellas oraciones de las abuelas ni las mujeres tejiendo la vida
en cada parto ni los arrullos ni las sonrisas de los abuelos ni los besos en el
plenilunio ni las madres con la esperanza atorada en los semblantes ni ese Dios
hilvanado en los crepúsculos, todo esto junto, y lo demás que aquí no se
nombra, calma ese alarido de esta realidad, que pesa como plomo, que atosiga,
que ahoga, que estrangula, que espanta; pero no habrá cobardía en el desvelo ni se doblegará la fe rediviva ni se apagará ese
grito colectivo ni claudicará ese brazo
blandiendo la libertad ni habrá huida en
el holocausto, porque esta patria, niña sorprendida del poeta, mancillada por esas alimañas de extraña
procedencia, volverá a brillar en el erguido pedestal de nuestros pechos …
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