Jorge Luis Oviedo
El fenómeno político más sobresaliente durante el siglo XIX, a partir de la obtención de la independencia (aunque no exclusivo de nuestro país, sino de casi toda América Latna) es el surgimiento de los caudillos: recias personalidades políticomilitares que tienen, sin lugar a dudas, su gestación en el régimen colonial español.
En el caso particular de Honduras, desde Francisco Morazán hasta Tiburcio Carías, pasando por el capítulo de los militares, cuya participación más directa se produce en las décadas del sesenta y del setenta del siglo XX, el caudillismo marcó la vida política del país. Más de cien años de deposiciones y sucesiones violentas, de rebeliones frustradas, de proyectos iniciados y abandonados a mitad del camino; más de cien años en los que los resentimientos localistas, las traiciones personales, el carácter individual de unos pocos y su ambición desmedida por el poder fueron el principal aliciente en el proceso de construcción de la República y en los diversos intentos por desarrollarla.
Honduras fue desde 1827 hasta años muy recientes un territorio apto para las tropelías, espacio abierto para los más dispares aventureros, una especie de encomienda para quienes sucesivamente se la iban apropiando; de ahí su inevitable rezago, su incapacidad, como colectividad, para gobernarse para el bien común.
La carencia de un sector social, económicamente consolidado, y consecuentemente de una clase dirigente capaz de imponer su propio proyecto de desarrollo, debido a la escasez de hombres y mujeres capacitados para asumir la conducción del país bajo un modelo totalmente distinto al colonial, son algunas de las causas para que afloraran, como por generación espontánea, los caudillos; y se volviera, casi imposible, gobernar en Honduras.
El quehacer más frecuente de la mayoría de los gobernantes durante los primeros cien años de vida independiente fue el de sofocar los intentos de sus opositores (y a veces de sus antiguos partidarios), el de reprimir a los partidarios de la oposición, o el de diseñar las estrategias para evitar potenciales levantamientos, rebeliones o asonadas; y muy escasamente el de planificar el desarrollo del país.
No hubo tiempo para la reflexión, para soñar el país y proponer estrategias, porque era la hora de la daga y del fusil, el tiempo de la conspiración y el madruguete, de la defensa heroica de un poder ilusorio.
Los que tuvieron tiempo de pensar el país, de escarbar en su historia fueron tan escasos que, más allá del respeto que generaron entre sus contemporáneos, poco pudieron contribuir en la transformación de una sociedad más proclive a la anarquía que al orden, al atropello que a la justicia, a la destrucción que al progreso.
No sin razón escribió Ramón Rosa, durante los años del Gobierno de la Reforma Liberal (Paréntesis de Aurora lo llamó Rafael Heliodoro Valle): “Centro América, en toda la América, es el país en donde con más facilidad puede imponerse, casi sin contradicción, las dictaduras más absorbentes, brutales y salvajes, y en donde la dominación extranjera puede enseñorearse a su placer trayéndonos el patriotismo de la servidumbre y de las humillaciones”.
La carencia, pues de una clase dirigente capaz de imponerse, de inventarse el país, la patria, de tornarse creíble y de hacer posible ante las demás clases y sectores sociales en todo el istmo centroamericano, y de las correspondientes expresiones locales en lo que después serían las nuevas repúblicas, se tradujo en postergación de las aspiraciones más elementales de cada uno de los pueblos centroamericanos; pero fue, quizás, en Honduras, que tampoco tuvo núcleos criollos importantes que en lo económico dominaran el comercio local y las exportaciones, donde esta carencia resultó más evidente.
Aunque hubo figuras intelectual y políticamente sobresalientes que nacieron en nuestro territorio (como José del Valle, el más importante pensador de la región durante el siglo XIX, y uno de los más sobresalientes en toda América) o política y militarmente relevantes como Francisco Morazán (nacido y formado totalmente en territorio de la entonces Provincia de Honduras) no se produjeron bloques generacionales con la suficiente coherencia ideológica en la región o en cada una de las provincias.
La mejor evidencia de lo anterior se manifiesta en el fracaso de la Federación Centroamericana, creada en 1824, con base en la unidad regional que existió durante el régimen colonial casi desde sus inicios.
Sin embargo, así lo corroboran una serie de hechos y sucesos que se produjeron durante estos casi trescientos años de administración centralizadas desde Guatemala, parece que jamás se generaron sentimientos reales de unidad, especialmente entre los criollos, en ninguna de las provincias que formaban la Capitanía General.
Es evidente también que durante todos esos años en que se prolongó la colonia no se forjó y afianzó un verdadero sentimiento de patria, sobre todo entre los nativos indios y los mestizos, que generalmente no poseían propiedades importantes con títulos reconocidos, sino los de una clase privilegiada (los criollos) que, en consecuencia, deseaba obtener un provecho mayor que el que dispensaba la administración de la Corona Española.
De ahí que Morazán y algunos otros fuesen una excepción a esa circunstancia y que su lucha, política y militar, por mantener la unidad de los Estados Centroamericanos como una Federación se volviera estéril, inútil.
La unidad que pudo haber otorgado una lucha armada para la obtención de la Independencia, por tratarse de un objetivo común y de una lucha común en pos de el referido propósito no se dio en Centroamérica, de ahí que los localismos, fomentados por la manera de repartir o quitar privilegios, de controlar el comercio o de recaudar los tributos afloraran con más fuerza y sin control durante los primeros años de vida independiente de estos países.
De esta suerte, el autoritarismo, común a los caciques indígenas y los colonizadores españoles, encontró en el caudillismo el mejor dique de expresión.
De esta suerte la institucionalidad como la que trató de forjarse en los primeros años de vida independiente a través de la Federación y bajo el liderazgo de Morazán (luego de las primeras confrontaciones internas que culminaron con la deposición de Arce, el primer Presidente Federal, por sus desafueros dictatoriales) no ofreció el sustrato cultural necesario que la hiciera aceptable a la mayoría. Se trataba, como bien sabemos, de prácticas inéditas en esta parte del mundo y de reciente utilización en algunos países europeos y en Estado Unidos de América.
Ni gobernantes ni gobernados estaban acostumbrados a la democracia, sino al centralismo y al poder vertical, al orden autoritario impuesto desde arriba y no al libre juego de ideas, a la libertad de conciencia y al libre comercio.
La minoría ilustrada, como José del Valle y Dionisio de Herrera, aunque tenían la lucidez para concebir un modelo de país y diseñar las estrategias necesarias que lo impulsara, carecían de la capacidad militar para sostenerlo por la fuerza, cuando las circunstancias lo ameritaban.
Federalismo o Centralismo pareció ser la disyuntiva; pero es un hecho que dada la carencia de una clase dirigente ambos fracasarían, porque ambos, de una u otra forma, se intentaron sin éxito.
Fracasó la anexión a México, porque nunca contó con suficiente apoyo de todos las provincias, fracasó la Federación ¿acaso por excesivamente reformista? Y finalmente fracasó el centralismo que emergió con la derogación de todas las reformas liberales que impuso el Régimen Federal, cuando el carrerismo, desde Guatemala, no logró vencer los localismos provinciales.
En todo el resto de la centuria lo único que se yergue con toda su fuerza, acaso como la de los propios volcanes de la región, es el férreo caudillismo, en cuyo ser se fusionan, como en un crisol humano, todos los ríos, todas las sangres y toda las fuerzas y carencias del hombre hispanoamericano, cuyos rasgos más sobresalientes y a la vez detestables son su excesivo autoritarismo y su despreciable despotismo.
En todo caso el caudillismo fue la única fuerza política capaz de propiciar algunos períodos prolongados de estabilidad en aquel mar de anarquía que surgió una vez que declaramos la Independencia.
Es un hecho que la herencia que nos legó el caudillismo contribuyó muy poco a la construcción de unas naciones fuertes, capaces de autogobernarse y de estimarse más a sí mismas como colectividad.
En Honduras se sucedieron 68 administraciones entre 1821 y 1933, algunas de las cuales fueron incapaces de regir los destinos del país por una semana.
Entre octubre de 1838 y diciembre de 1840 se registraron 9 administraciones diferentes.
Si el idioma (por la unificación que permitió a una enorme extensión territorial) fue una de las mejores herencias que nos dejó el régimen colonial, posiblemente el caudillismo que afloró al producirse la Independencia, sea una de las peores.
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