viernes, 1 de junio de 2012

ASCENSO Y CAÍDA DE LAS FUERZAS ARMADAS



¿FIN DEL AUTORITARISMO EN HONDURAS?

Jorge Luis Oviedo




El ejercicio del poder en nuestro país, como en la mayoría de los hispanoamericanos, ha tenido como nota particular el autoritarismo.
       La herencia colonial y la precolombina (en aquellas sociedades amerindias que alcanzaron mayor desarrollo social y político, como la maya y la azteca entre otras), favorecieron de algún modo esta forma de administrar los asuntos públicos del Estado; de ahí que el surgimiento de caudillos (visionarios unos y mediocres la mayoría) fuese resultado, en gran medida, de una tradición forjada a lo largo de los trescientos años del régimen colonial.
      Las deposiciones violentas de gobernantes en Honduras arrancan desde el momento mismo de la exploración y la conquista de nuestro territorio por parte de los españoles. Cristóbal de Olid fue la primera víctima de esta deplorable tradición administrativa nacional. Venganza y traición en la permanente lucha por el poder fueron los motivos que provocaron el primer magnicidio de nuestra historia.
      Esas mismas motivaciones abonadas por la explotación minera, el reparto  de las encomiendas y el control de los productos agrícolas de exportación fueron, entre otras, las causas agregadas a las continuas pugnas internas por el poder.
      Al producirse la independencia, el último gobernador de Comayagua, José Gregorio Tinoco, no logró concluir su mandato durante el corto período que dura la Anexión de Centro América a México, al ser sustituido por Juan Nepomuceno Fernández Lindo.
      Situación similar se presenta con el primer Jefe de Estado de Honduras (don Dionisio de Herrera), una vez que se rompe la anexión con México, se declara la independencia absoluta y se promulga la Constitución Federal de las Provincias Unidas de Centroamérica,  al ser depuesto por su vicejefe, José Justo Milla, quien a su  vez sufre igual tratamiento meses más tarde, luego de sufrir, con su ejército, una derrota en el sitio de la Trinidad, propinada por las tropas comandadas por el Coronel Remigio Díaz y Francisco Morazán. El último, precisamente, asume el mando del gobierno  en calidad de Consejero de Estado.
       Parece en verdad una ironía (muy fina por lo demás) de la historia que al inicio de la  época colonial se produzca una sustitución violenta de quien fuera prácticamente el primer gobernador de Hibueras (Cristóbal de Olid, traidor traicionado)  y que lo mismo suceda (sin llegar al magnicidio) con el primer Jefe de Estado en el comienzo de nuestra vida independiente.
        Autoritarismo y anarquía parecen ser, pues, padecimientos atávicos de nuestra vida pública, de nuestros asuntos de Estado.
       Cabe preguntarse ¿hasta dónde  han sido, nuestros caudillos, mero instrumento de la vorágine social antes que las figuras malvadas y detestables que desatarán la anarquía y ahondarán el atraso del país?
      Las Fuerzas Armadas como institución aglutinante de los diversos cuerpos armados  del país: infantería, marina, aviación, policía, etc.,  surge, realmente, hace poco más de cuatro décadas. Bien puede ubicarse como fecha de inicio  el 20 de julio de 1954 (con la organización de el Primer Batallón de Infantería, en cuya fecha no existían aún ni la Fuerza Naval o Marina, ni La fuerza de Seguridad Pública o Policía); sin embargo el golpe de Estado propinado a Julio Lozano el 21 de octubre de 1956, es el acontecimiento histórico que propicia el reconocimiento institucional de “Las Fuerzas Armadas” (hasta entonces inexistentes). La Ley Orgánica Militar había sido aprobada el 8 de marzo de 1954.
      Solamente habían pasado dos años y meses desde el nacimiento del Primer Batallón de Infantería; sin embargo, cuando dieron aquel primer  Golpe de Estado, no solo se mostraron ante la sociedad hondureña, como un cuerpo con enorme sentido de unidad, sino con la intención clara de que se los identificara como una nueva institución.
Es ilógico que una institución subordinada a las estructuras de un poder nacional, como suelen ser los ejércitos, se otorgara a sí misma el papel de juez de la vida hondureña.
De hecho, de acuerdo con la visión de los Estados Unidos de América, un “ejército profesional” como aquél recién organizado buscaba, teóricamente, la estabilidad política interna como salvaguarda de sus intereses foráneos; además una fuerza capaz de equilibrar los bandos políticos locales en contienda.
Sin embargo su sentido  de unidad y de institucionalidad, al margen de los partidos tradicionales,  evidenciado con el golpe de 1956, no fue producto de esos dos años transcurridos, sino de  los 16 largos años de la dictadura de Carías, más los 6 del gobierno de Gálvez. Durante todos ese tiempo forjaron el  necesario espíritu de unidad (en el ejército del dictador primero y ¿nacional después?), fundamentalmente en la rama de aviación que, por razones estratégicas y la efectividad mostrada en el combate de la oposición liberal armada, resultó apoyada por el gobernante. La necesidad de preparar pilotos en el extranjero era mayor en este caso que en la de infantería, por ejemplo. Ello, sin duda, influyó en quienes viajaron al extranjero a hacer cursos, al percibir con más claridad la necesidad de organizar un ejército “profesional” para reformar  a aquél  que operaba  según  los antojos y necesidades  del caudillo de turno.
El denominado espíritu de cuerpo, del que suelen hablar los militares, se forjó, pues, en aquellos años. A ello debemos agregar que la verticalidad en el ejercicio del mando le permite a cualquier institución, sobre todo si es armada, disciplinar a sus miembros para que sean obedientes y no deliberantes con sus jefes inmediatos; y así, mantener la cohesión que raramente alcanzan otras instituciones, sobre todo, en sociedades de similares características a la nuestra, en las que, sin instituciones consolidadas, prevalece, en casi todo, la anarquía.
       Esta postergada aspiración encontrará su cauce apropiado, precisamente en el contexto de la Guerra fría, por el interés de USA de contar con seguros aliados en Latinoamérica y, particularmente, en Centroamérica.
       Este sentimiento de unidad y la necesidad de profesionalización, si bien pretendidas tímidamente durante el siglo XIX   y en  las primeras décadas del siglo XX, desde la perspectiva de quienes deseaban un ejército al margen de los caudillos, nunca encontró el cauce apropiado, debido a la inestabilidad política que afrontaron todos los gobiernos, sin excepción.
      Manuel Bonilla llegó al extremo de clausurar, en 1912, la Escuela Militar que el mismo había creado, en 1904, durante su primer período de gobierno; y al que había llegado por la vía armada.
       No es de extrañar, entonces que hacia 1950 fueran  los oficiales del Ejército del ex dictador , Tiburcio Carías, los que comenzaran a opinar y concretamente a proponer el rumbo de “la institución militar”, tal como lo hace el Coronel Armando Velásquez Cerrato en su libro “Las Fuerzas Armadas en una Democracia” (1954), cuando dice, entre otras cosas:
        “A la fecha contamos con número suficiente de oficiales, preparados en un aspecto profesional por la variedad de cursos que han realizado, que muy bien se pueden aprovechar para la iniciación de la organización de la Fuerzas Armadas. Ese núcleo de oficialidad puede ser el principio de las Fuerzas Armadas Apolíticas del Futuro. No se puede concebir a un ejército al margen de la lucha de los partidos si sus componentes no responden a un espíritu profesional” (p 38).
        Llama la atención en lo planteado por Velásquez Cerrato, el término, hasta entonces  inusual en el medio, de “Fuerzas Armadas”, en vez de Ejército Nacional o Fuerzas de Defensa; así como que no se puede concebir a un ejército al margen de la lucha de los partidos políticos si sus componentes no responden a un espíritu profesional.
       Este sentido de identidad quedará más claramente expresado el día que deponen a Julio Lozano Díaz.  Sin duda, con el ánimo de que se la identificara como una organización totalmente al margen del partido nacional (de cuyo prolongado régimen había surgido) utilizan  el nuevo término: Fuerzas Armadas.   Efectivamente ya eran una institución totalmente al margen de los partidos políticos y del Estado, y así lo siguieron demostrando durante 38 años más.
       Matías Funes en “Los Deliberantes” refiere así los acontecimientos de aquella fecha:
El gobierno de Lozano se había vuelto tan impopular que el golpe del 21 de octubre fue recibido con general beneplácito. De acuerdo con el mayor J. Andrés Espinoza, del Primer Batallón de Infantería, situado en el Ocotal, las órdenes dadas a los soldados el día de la toma del poder comprendían el “no comer ni tomar líquido de personas desconocidas”, pero esta disposición no fue cumplida, en vista de que grupos de mujeres “excitaban a nuestros soldados para que comieran ... tanto los obsequiantes como los obsequiados compartían el regocijo del civismo que encauzan los pueblos comprensivos”.
   En su proclama, continúa diciendo Funes, del 21 de octubre de 1956, Las Fuerzas Armadas expresaban su confianza de lograr “el abrazo de todos los hondureños” y  afirmaban que “inspiradas por el ineludible cumplimiento de su deber, no podían permanecer indiferentes a las aspiraciones del pueblo hondureño,  deseoso a reintegrarse a un régimen de orden, de tranquilidad y de derecho”.
Más adelante, decía el documento: “Fieles a estos sentimientos y deberes las Fuerzas Armadas de Honduras proclaman a toda la Nación, que su único y esencial propósito es el procurar que el país vuelva a la normalidad constitucional, y que todos los hondureños, en forma cívica y patriótica, cooperen al logro de ese objetivo. Alcanzada esa finalidad, por nuestro honor de militares prometemos entregar el gobierno a un elemento civil de extracción auténticamente popular. En consecuencia, sólo permaneceremos en el poder por el tiempo que el criterio democrático aconseje y el interés nacional exija.” (p 186 - 187)
        Hay en la  cita anterior tres aspectos que conviene destacar: primero, el regocijo del pueblo hondureño, sobre todo entre los liberales, por el primer golpe de Estado que propinaba los militares “apolíticos”; segundo, el uso de la expresión Fuerzas Armadas en vez de Ejército Nacional, con  la intención de que se la reconociera como una institución al margen del partido del que habían surgido y ,obviamente, al margen también del partido liberal; y tercero la fraseología del mensaje en expresiones como “prometemos entregar el gobierno a un elemento civil de extracción popular o “sólo permaneceremos en el poder por el tiempo que el criterio democrático aconseje y el interés nacional exija”. ( Al parecer fue ese criterio democrático y las exigencias del interés nacional la que los obligaron a permanecer directamente en el poder en unas ocasiones o a cogobernar en otras de 1963 a 1993)
       Todos esos elementos contribuyeron, sin ninguna duda, al plan implícito del Ejército (¿Cariísta, Nacionalista o Nacional?) autodenominado ya “Fuerzas Armadas” de convertirse en una institución nacional nueva, con su propia identidad, y con una visión clara: ser juez y parte en la conducción del país.
      El entusiasmo popular que provocó el golpe de Estado de 1956 despertó simpatías hacia la naciente institución; de ahí que con notable dosis de ingenuidad los medios periodísticos los saludaran con enorme alegría. Lo mismo hizo la Federación de Estudiantes Universitarios de Honduras (FEUH). Matías Funes cita, precisamente un editorial de El Cronista, otro de “Diario Matutino” de HRN y un comunicado de  la FEUH en su libro “Los Deliberantes”
       De lo que ocurrió después, esto es, la actitud asumida por la oficialidad de las Fuerzas Armadas ( o sea los autoproclamados dirigentes de lo que más bien se convirtió en un  nuevo grupo político armado, solamente que sin una clara ideología, como no fuese su sentido de unidad, su  respeto a la disciplina y su obediencia a la política de USA en cuestiones de seguridad regional), muchos liberales, nacionalistas, pensadores independientes, sociólogos, historiadores, articulistas, etc. culpan  a Villeda Morales, porque les concedió  la “autonomía”.
        Matías Funes sostiene en “Los Deliberantes”: “Es obvio que la autonomía concedida a las Fuerzas Armadas en 1957 convirtió a la institución castrense en una especie de Frankestein incontrolable”. (p 218)
        Nacidas bajo la tutela de Norteamérica, cuyo propósito era proteger sus intereses en el Hemisferio Occidental para luchar con su ex aliado en la Segunda Guerra Mundial: La Unión Soviética, las Fuerzas Armadas eran ya incontrolables para los dos partidos tradicionales. De ahí que la pregunta es ¿Qué habría hecho otro gobernante frente a semejante imperativo?
        Es como si hoy día, tal como lo hizo Allan García en el Perú, a alguno de nuestros gobernantes  se le ocurriera dejar de pagar la deuda externa, pasar inadvertidas las recomendaciones de los entes crediticios internacionales e ignorar el papel hegemónico de los Estados Unidos en el ámbito internacional. (Baste señalar que como consecuencia de una negativa de extradición dictada por la Corte Suprema de Justicia en el caso del ex jefe de la policía haitiana, reclamado por los Estados Unidos, por considerarlo narcotraficante, los hondureños comenzaron a ser deportados en forma masiva de aquella nación).
       No se trata de salvar responsabilidades históricas; pero quien conoce el ejercicio de la política y, sobre todo, el ejercicio del poder, aunque sea desde la teoría, entiende que las decisiones puntuales en momentos determinados obedecen a acuerdos o negociaciones que jamás trascienden en forma concreta y exacta a la población; pero que son esos “arreglos”, los que, en ocasiones, salvan o hunden y los que, en general, definen el rumbo de la historia de los pueblos y las naciones. Lo demás, los textos declaratorios, los acuerdos suscritos, los actos solemnes, etc. sólo constituyen, como en las comidas, el condimento, el ropaje de los compromisos ineludibles de las partes, ya sean estas nacionales o foráneas.
      En el surgimiento de las Fuerzas Armadas como institución no puede negarse la participación de USA y, por otra parte, la percepción de la cúpula liberal de caminar mejor, en la cuerda del equilibrista, con el riesgo de caer, pero con la posibilidad de lograr un paso trascendental hacia  objetivos que aún hoy están lejos de alcanzarse a plenitud: la democratización de la sociedad nacional y el desarrollo integral del país. Este último incluso más difícil de alcanzar. Quienes menos debieran culpar a Villeda Morales de una responsabilidad que es de toda la sociedad son los propios liberales, pues si se hubiese marginado a las Fuerzas Armadas de sus pretensiones, más rápido el país habría retornado a las montoneras.
      También es cierto  que a los dos partidos tradicionales de Honduras  nacionalistas y liberales) se agregó uno nuevo: Las Fuerzas Armadas. Lo peor para los dos primeros era que se habían quedado sin soldados y sin armas.
Baste recordar que hasta entonces, para permanecer en el poder, todos los gobernantes hondureños habían necesitado, sin excepción, de su brazo armado, de su ejército personal. Villeda Morales se convierte en el primer presidente que intenta gobernar sin un ejército leal a su causa. ¿Cómo negarle entonces algunas concesiones, sobre todo  cuando ese mismo ejército había sido formado por un partido que permaneció en el poder desde 1933 hasta el 21 de octubre de 1956?
No es de dudar que la concesión de la autonomía a las Fuerzas Armadas, con el idealismo con que lo expresa la constitución de 1957, se produce como un mal menor, frente a la posibilidad que tenían los liberales de organizar su propio ejército y desmantelar el que había sido años atrás, brazo armado de  Tiburcio Carías. Tampoco es de dudar que se habría abierto un nuevo capítulo de enfrentamientos partidistas, por la vía armada. Los derrotados, por lógica, habrían sido los liberales, pues tenían más de 20 años de estar desarmados.
La peor estupidez de Villeda habría sido oponerse a las concesiones del “prestigiado” ejército de aquellos días. De modo que el halago oportuno, aunque baladí, fue la opción más cuerda de la cúpula liberal.
      En realidad a lo que Villeda contribuyó, como Gálvez al aceptar la “profesionalización del ejército”, y “Las Fuerzas Armadas” al desligarse de los partidos, fue a no retornar a las confrontaciones fratricidas entre cachurecos y colorados.
      Recuérdese además que ni Villeda Morales ni Rodas Alvarado se habían formado en las montañas a través de las montoneras, como había ocurrido con la gran mayoría de los gobernantes hondureños del siglo XIX y la primera mitad del XX, hasta llegar, precisamente, a Carías.
Los nacionalistas que crecieron con Carías suelen señalar, como un logro de éste, el fin de las montoneras; pero tal afirmación carece  de sentido cuando se la somete a un análisis apropiado de los diversos  acontecimientos. El mérito, en realidad, lo tienen  Juan Manuel Gálvez y Villeda Morales, obligados por las circunstancias geopolíticas que impulsan a los Estados Unidos a organizar nuestros “ejércitos profesionales”, hasta entones bajo la conducción del gobernante de turno y el partido en el poder.
      Generar estabilidad y servir de árbitro era el propósito  del instituto armado para asegurar la paz del país y la efectividad de la política norteamericana; pero desarmados los partidos tradicionales, el Ejército, asumió  mayor protagonismo y el control real del poder local.
Podemos decir ahora que esta etapa de profesionalización le costó al país 40 años, porque hasta hoy comienza a “entender” nuestro ejército de tierra, mar y aire que no son en realidad “Fuerzas Armadas”, sino Fuerzas de Defensa Nacional y que los objetivos internos y externos con que fueron organizadas en 1954 han cambiado; así como  la sociedad que los apoyó.
De hecho, la conclusión de la guerra fría ha provocado un giro enorme en las estrategias de seguridad de USA y, con ello, en el papel asignado a los distintos ejércitos latinoamericanos. A lo anterior debemos agregar la mayor democratización de la sociedad nacional, sobre todo en lo referente a la desmilitarización de la misma y a la mejoría del flujo de opiniones democráticas y civilistas que se expresan, con menor autocensura y censura implícita, a través de los medios de comunicación masiva.
Con certeza puede afirmarse  que la sociedad hondureña ha avanzado en su conjunto, y hoy son más las voces  que, en los partidos políticos tradicionales, en los partidos políticos de reciente creación, en los gremios y organizaciones profesionales y en los sectores  independientes,  dicen basta ya al autoritarismo y a la corrupción.
En el pasado, como sucedió con Valle, con Ramón Rosa,  esas voces eran más bien excepcionales; de ahí que la fuerza de la ola que provocaba el autoritarismo,  ahogaba el grito de la razón.
Empero, retomando las ideas relativas a la gestación, nacimiento  y consolidación de las Fuerzas Armadas, al gozar, he dicho, como la Iglesia Católica, de una estructura vertical de poder (jerarquía) trasladó la tradicional polarización entre cachurecos  y liberales a otra, que les dio excelentes resultados: militares contra civiles. Así, los enemigos potenciales y reales del ejército hondureño no eran los ejércitos vecinos, sino la población hondureña desarmada (los civiles) representados por dirigentes políticos, gremiales, sindicales, campesinos y profesionales, etc.
A su vez la cúpula de las Fuerzas Armadas oficializó un elemento que en el pasado no había sido tan notorio en el establecimiento de acuerdos: la compra de consciencias a través de sobornos y concesión de “favores especiales”. De este modo los dirigentes políticos (especialmente del partido nacional), de gremios profesionales y organizaciones obreras y campesinas pasaron a ser controlados (lo cual dio origen a la proliferación de colegios magisteriales, de organizaciones campesinas, de centrales obreras, etc.) y, desde luego, a convertirse, la mayoría, en mandaderos de los nuevos amos de turno.
En verdad lo que había ocurrido en Honduras era un desplazamiento del poder en dirección totalmente horizontal, porque “Las Fuerzas Armadas” no introdujeron  elementos ajenos al autoritarismo ni contribuyeron a democratizar la sociedad; por el contrario, en su última etapa incrementaron la represión y cerraron los espacios de opinión, provocaron abiertamente el divisionismo gremial, incitaron a la delación y aplicaron la pena de muerte, al margen de la ley, por supuesto, por “asuntos de seguridad nacional”.
En la rutina de las deposiciones de gobernantes introdujeron un nuevo elemento: cuando algún jerarca militar “renunciaba por asuntos personales” no tenía que  irse al exilio,  como había sido norma con los  presidentes en la gran mayoría de los casos.
Quizás convenga entonces señalar que aquello que los hondureños hemos tenido es  un grupo político armado que se autodenominó “Fuerzas Armadas”, cuyo solo nombre pone en evidencia el autoritarismo como norma para el ejercicio del poder. Con su militancia armada, reclutada a la fuerza, pero instruida en el odio a los civiles, pudo erigirse en una multifacética institución  política, legislativa, judicial, fiscal, económica, cultural y educativa que dictó el destino del país durante cuatro décadas.
            Sin embargo ¿cabría responsabilizarlas totalmente de su deslucido, corrupto y, a veces, represivo ejercicio del poder en el país?
        De acuerdo con nuestra percepción de la historia  nacional el  autoritarismo no permitió, hasta 1954, el surgimiento de un ejército “profesional” ( que se convirtiera en árbitro) como el que  estuvo bajo el mando de Francisco Morazán: “EL Ejército Aliado Protector de la Ley”. Sin embargo aquél  no era el producto de una  sociedad políticamente madura, sino  de la  habilidad de su  líder; por ello cayó con él, no tuvo continuidad. Morazán mismo era una isla democrática en la cadena de volcanes del autoritarismo centroamericano.
Los “bachilleres magníficos” como llama  Martí a la generación de Valle y Pedro Molina (formados por Liendo y  Goicochea) tampoco fueron capaces, con su sola palabra, de cambiar el curso de nuestra repúblicas. Ni solamente palabras ni únicamente la imposición del orden tal como se había hecho durante 300 años, aplicadas separadamente, convenía a la naciente Federación; eran preciso ambas cosas para consolidar las nuevas instituciones y la nueva dinámica del poder. Desafortunadamente no hubo suficientes hombres capaces de comprender el alcance de las ideas de un José del Valle y las reformas de un Francisco Morazán. Pudo más la tradición, el peso del autoritarismo que salió finalmente triunfante y continuó reinando, como en una fiesta, en medio de la anarquía que desde entonces ha vivido Centroamérica.
Si excluimos de la región a Costa Rica, por haber sido la más marginada de las provincias durante el régimen colonial; es fácil comprender que la predilección por la fuerza, por el orden alcanzado mediante imposición y no por consenso, es lo que más une a Centroamérica.
Nicaragua, Guatemala y El Salvador, recién en esta década han logrado establecer  acuerdos de paz con los grupos de oposición interna. Honduras retornó en 1982 a la vida democrática, pero bajo un ambiente cargado, hasta enero de 1994, de un cínico intervencionismo militar en las decisiones de los gobierno civiles. Y de no haberse erigido, las Fuerzas Armadas, en una especie de partido político capaz de hacer que los otros dos se acomodaran a sus antojos, posiblemente Honduras, hubiese seguido la ruta de la confrontación fratricida a comienzos de la década del setenta.
Por otra parte, no hubo en el pasado siglo gobierno alguno que alcanzara diez años de continuidad; peor aún, no existió en el siglo XIX un período de cese de hostilidades (ya no se diga tranquilidad y auténtica paz), que  durara una década. De ahí que los continuos intentos de formar oficiales de carrera en el campo militar jamás daban resultado, pues cuanta escuela o academia militar se creaba en un gobierno se disolvía en el siguiente, por ser contraria a los propósitos del nuevo gobernante.
En su ensayo “¿Cuál es el desafío de las Fuerzas Armadas?”, que sirve de prólogo al libro “Doctrina militar: El Ideal Morazánico en el siglo XXI” de Carlos Roberto Reina, Dante Gabriel Ramírez, dice: “Durante mucho tiempo, que comprende varios lustros, el militarismo en Honduras fue informal, empírico y eminentemente político  al servicio de las banderías tradicionales. El campo de batalla discernía el grado y la intriga palaciega el ascenso en la escala de los galones. Era excepcional, casi raro, el mílite de academia  o de experiencia internacional. La costumbre quería que el hondureño se acostara civil y amaneciera Teniente o Coronel como si todo fuera obra de la oportunidad o del azar”(p ii)
Subrayo “al servicio de las banderías tradicionales” y señalo que “Las Fuerzas Armadas” estaban al servicio de su propia bandera, y agregaron a su servicio “intelectual” a otros sectores, fundamentalmente a la cúpula del partido Nacional.
Por otra parte, creo que resulta claro que  el surgimiento de un ejército profesional (obediente y no deliberante ) requiere de una sociedad con una mínima madurez política y no simplemente de la emisión de un decreto o de precisarlo retóricamente en la Constitución de un Estado.
Asegurar que  Villeda Morales es, en cierta forma, el padre del monstruo o “Frankestein incontrolable”, como lo han hecho muchos y como también lo postula Matías Funes, obedece más bien a la búsqueda de culpables, como medio para aplacar nuestras penas, y no a un análisis más profundo de nuestra historia e idiosincrasia.
Los militares o mejor dicho, la Fuerzas Armadas de Honduras son hechura de la sociedad nacional y no a la inversa. Son las hijas legítimas del caudillismo, del autoritarismo que adquirió forma y dimensiones casi míticas, y generalmente oprobiosas, durante todos los años que llevamos como país independiente.
Con autonomía o sin ella, el golpe del 21 de octubre de 1956, así lo evidencia, las “Fuerzas Armadas” (cuyo nacimiento acababa de ocurrir, porque antes de su mensaje oficial a la nación eran todavía Ejército Nacional) habrían tenido exactamente el mismo comportamiento, era cuestión de tiempo, no de retórica.
 Precisamente Matías Funes apunta que “Aunque la palabra “autonomía” no aparece por ningún lado en el Título XIII del texto constitucional aprobado en 1957, la verdad es que era eso y no otra cosa lo que se estaba otorgando a las Fuerzas Armadas” (Los Delibrantes, p 200 )
Lo que había sucedido es que durante el largo gobierno de Carías, desplazados los liberales  por vía de la represión, al interior del partido gobernante, fue surgiendo un nuevo estamento de poder, fiel a la tradición autoritaria. Ni Galvez ni Lozano habían sido lugartenientes ni Comandantes de Armas de Carías, no tenían pues, liderazgo en el ejército. El sentido de unidad de los cuerpos que integraban a éste, por tanto, continuó su marcha y se manifestó con plenitud el 21 de octubre de 1956.
 Lo que mostraron entonces, no fue su vocación democrática ni su profesionalismo, sino su independencia y su poder.
¿Hijas legítimas del autoritarismo   habrían de renunciar después al poder de la nación?
El Golpe de Estado del 03 de octubre de  1963 se encargó de demostrar que no lo harían y que cuanta ocasión encontraran propicia para arbitrar o “sacrificarse en aras del bien nacional”, asumirían el mando supremo del país.
Sin embargo, como el propósito de este ensayo no es hacer un recuento de los 42 años de vida institucional de Las Fuerzas Armadas, sino el de precisar su gestación, nacimiento y reubicación actual, no nos detendremos en mayores detalles históricos que únicamente marcan su ascenso vertiginoso de 1956 a 1975, año en que comienza su prolongado declive que culmina en 1994, con la llegada de Carlos Roberto Reina a la presidencia de la República.
En sus mejores años gozaron de la admiración de la población que los creyó guardianes de la seguridad nacional y de la paz interna, como en 1956, o del 04 de diciembre de 1972 hasta 09 de abril de 1975, cuando el  Wall Street Journal dio a conocer que la United Brands había sobornado el gobierno de López Arellano para que no se le incrementara el impuesto, por caja de banano, a un dólar.  De acuerdo con el Decreto - ley 122 del 18 de abril de 1974 dicho impuesto había quedado en cincuenta centavos de dólar por caja exportada.
Los altibajos que encontramos en sus ejecutorias entre 1956 y 1975 ponen de manifiesto que no poseían una clara percepción de la realidad nacional y que carecían también de un programa político, pero no de la voluntad de mantenerse al margen del poder, pues no otra cosa parece ser la causa fundamental del golpe de Estado que le propinan a Ramón Villeda Morales el 03 de octubre de 1963.
No fueran las  reformas impulsadas por gobierno liberal  lo que los empujó, primero a través del fallido intento de Armando Velásquez Cerrato (teórico del militarismo hondureño por aquellos días) y después, a través del represivo alzamiento del 3 de octubre, al derrocamiento del presidente Villeda. En realidad era el deseo de permanecer directamente vinculados al poder y, precisamente,  Villeda los halagaba, pero no los toleraba, porque estaba consciente que no podía esperar de ellos fidelidad.
Por su parte la cúpula de las Fuerzas Armadas comprendía que, por una parte su imagen comenzaba a deteriorarse y por otra que los liberales obtendrían de nuevo la presidencia. Ambos factores  los alejaban más del poder.
Cuando el deterioro de la imagen castrense volvió a ser evidente, precipitar un conflicto  armado con El Salvador, fue una de las mejores opciones para levantar el perfil, sobre todo de parte de quien se había convertido ya en un “líder insustituible” al interior del Ejército. Tan poderoso que, de un día para otro, cambió la ruta de la carretera Panamericana (que cruzaría cerca de los municipios cafetaleros del norte de Comayagua) para incrementar el valor de sus propiedades adquiridas al final del valle del mismo departamento. Con ello, dicho sea de paso, favoreció la depredación de los tupidos bosques de pino  de Siguatepeque y demás municipios aledaños.
El último intento de las Fuerzas Armadas, con más demagogia que convencimiento de lo que estaban haciendo, ocurre cuando lanzan su famoso “Plan Nacional de desarrollo” (en el que colaboraron técnicos extranjeros de ideas progresistas), después del Golpe de Estado del 04 de diciembre de 1972.
El Plan sirvió para el desarrollo de la oficialidad de Las Fuerzas Armadas y de unos pocos empresarios que supieron sacar provecho de aquella fiesta de dólares que recibió el país en concepto de préstamo.
La aparición de los “terra-generales y los terra-coroneles” como decía una caricatura de RAVIBER, fue la nota más común del rumbo que adquirieron la Reforma Agraria y los millonarios préstamos otorgados por los Organismos de Crédito Internacional. Consolidados como cuerpo, capaces de remover a sus Jefes, pero no de entregar el poder, elevaron a categoría de escuela (un vicio normalmente controlado en la mayoría de las  sociedades):  LA CORRUPCION.

A partir de esos años hasta los alcaldes auxiliares se volvieron corruptos. Como todo hijo que supera a sus padres, Las Fuerzas Armadas salieron aumentadas y corregidas. Han heredado a las nuevas generaciones, además del autoritarismo, la corrupción. No hablo de la impunidad porque ésta es una resultante del primero.
“Cómoda corrupción en vez de violencia sangrienta constituye el estilo hondureño” . Afirma Donald E. Schulz en su trabajo “Como Honduras Evitó la Violencia Revolucionaria” (CEDOH, 1993, p21).
En conclusión puede decirse que la experiencia de Las Fuerzas Armadas de Honduras, su vertiginoso ascenso  (emulado también por uno de sus jefes que pretendió revivirlas y redimirlas por vía de la represión: Gustavo Álvarez Martínez) se debe a una sociedad que ha carecido de un permanente liderazgo, de una clase social que asumiera el poder y lo ejerciera con consciencia, con sentido de identidad.
Esta es otra de las razones, por las que en Honduras no se han profundizado las discrepancias sociales.
 Cuando surgieron algunos personajes aislados y lograron hacerse del poder, como Herrera y  Morazán, al comenzar nuestra vida independiente, como Soto y Rosa, medio siglo después, al replantear las transformaciones a través de la Reforma Liberal y, Policarpo Bonilla, al culminar el siglo XIX, su ímpetu, como los  héroes de la tragedia griega, fue incapaz de vencer el designio de los dioses, en otras palabras, la corrosiva fuerza de una sociedad indolente que a preferido la fuerza bruta a la fuerza de la ideas que transforman; que a preferido el poder destructor del fusil y las balas al del trabajo y la voluntad y el talento inventor capaz de cambiar el curso de los ríos y de volver productivos  los desiertos.
José del Valle, primero y Ramón Rosa, después vaticinaban para Centroamérica, esto que ya es experiencia ganada, historia vivida, de la siguiente manera: Un pueblo ignorante es víctima del charlatán más atrevido, juguete de la hipocresía más astuta, o desprecio del orgullo más imprudente” (Valle ). Rosa por su parte manifiesta: “Centroamérica, en toda la América es el país donde menos existe el sentimiento nacional, es el país donde con más facilidad puede imponerse, casi sin contradicción, las dictaduras más absorbentes, brutales y salvajes, y donde la dominación extranjera puede enseñorearse a su placer aun trayéndonos el patriotismo de la servidumbre y de las humillaciones. Lo que digo puedo demostrarlo con la historia en las manos: y esta demostración es lógica e incontestable. No se formó un pueblo en la escuela del sufrimiento para conquistar la libertad: no hay entre nosotros arraigadas virtudes cívicas. Nuestro pueblo no supo corresponder a los Morazán y a los Barrundia: Sólo ha sabido derramar  sangre y lágrimas a los pies de un clero ignorante, desorganizador y absolutista, y de caudillejos brutales, miserables personificaciones del Cesarismo del Bajo Imperio, que han formado y aún forman  hoy la ignorancia y el escándalo de la América Española”.  En otra parte dice Ramón Rosa, en la parte introductoria, de la biografía inconclusa de Morazán: ”La patria no puede existir sin verdadero pueblo. Nosotros tenemos pueblo en el sentido vulgar de la palabra; pero no en la acepción política, pero no en la acepción de la República, acepciones que hacen juzga al pueblo como una entidad nacional poseedora de efectivos deberes y derechos, poseedora de la soberanía, y capaz de dirigir sus destinos, dándose libremente, por medio del organismo del gobierno, su  representación interior y exterior. Nosotros podemos decir que, en vez de esa entidad nacional, tenemos masas dispersas, colonos a las española, que olvidados de sus derechos, bajo el peso de la anarquía o de la dictadura, ven en el gobierno, por diabólico que sea, una Divina Providencia, y trabajan y obedecen, y gimen a hurtadillas o bien aplauden delirantes a sus propios tiranos, porque el poder es todo, y el pueblo nada: máxima terrible cuya cumplida observancia hace que formemos una monstruosa excepción, la nota disonante en el concierto de los países libres de América. Este estado de abyecta miseria, que no exagero, tan solo podrá desaparecer por la virtud de la educación práctica obtenida en la grande escuela de la vida pública. De nada sirve que el maestro de escuela enseñe, tímidamente, a los niños que tienen deberes y derechos políticos, si estos niños cuando son hombres hacen un segundo aprendizaje, en la escuela de la indignidad, de la bajeza y de la corrupción, organizada por el despotismo: escuela que los enseña a olvidarse de sus derechos y a prosternarse ante el poder de sus mandarines, para alcanzar la merced de vivir, cuando más, para obtener algunos medros personales”. (p 36)

Pareciera que Valle y Rosa escribieron esto en la plenitud de la dictadura de Carías, a mediados de la década del 60 o a principios de la década del 80 de este siglo que está por concluir.
Parece también, irónico  que Donald E. Schulz, señale que una de la razones por las cuales Honduras no cayó en la vorágine de la guerra civil a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, se debió: a “que el mero hecho de ser el país más subdesarrollado y atrasado de los cinco países tradicionales de Centroamérica, fue una fuente de estabilidad. (Esta es una de las paradojas de esta sociedad: en parte su fortaleza ha sido producto de su estabilidad)”.
Y agrega : “Un crecimiento económico rápido puede ser altamente desestabilizador. El hecho de que Honduras fuese el menos industrializado, urbanizado y alfabetizado de los cinco países significó también que fuese el menos afectado por los efectos laterales destructivos y potencialmente desestabilizadores de la modernización . La hondureña es una sociedad relativamente descomercializada y tiene un amplio sector de subsistencia. Una considerable proporción de la población se encuentra fuera de la economía formal capitalista, y está menos afectada por el desempleo, la inflación y otras plagas que arrasan con sociedades más sofisticadas, complejas y “desarrolladas”. La clase media es aún comparativamente pequeña y desorganizada como para jugar un papel político independiente. El proletariado urbano aunque en rápido crecimiento, es aún en gran parte un campesinado desplazado. Tomará años antes de que estas fuerzas emergentes adquieran una consciencias política (por oposición de una mera consciencia sindicalista) como para desarrollar organizaciones políticas propias—si es que alguna vez llega ese momento. Mientras tanto, los valores y costumbres tradicionales del campo –conservatismo, dependencia, pasividad y fatalismo—continúan alimentando subterráneamente la cultura política, creando un segmento básico de estabilidad, que apenas ha comenzado a resquebrajarse bajo el peso de la modernización” (Op. Cit. P  27-28).
Las citas anteriores sirven para reforzar nuestra tesis en el sentido que “Las Fuerzas Armadas” jamás han sido un ejército  profesional (aunque se hayan hecho pasar por tal) sino un grupo político armado, surgido de una facción, ligeramente disidente, cohesionada en derredor de las armas: claro instrumento de opresión y represión para sostenerse en el poder de acuerdo con la autoritaria tradición centroamericana.
Por eso cuando Leticia Salomón señala en Poder Civil y Fuerzas Armadas en Hondurasque: “las Fuerzas Armadas, como  institución, fueron colocándose por encima de la sociedad, al grado de sustraerse de los conflictos inherentes a individuos y grupos, adoptando una real y pretendida aptitud arbitral, sancionada desde la sociedad civil y desde el sistema político”. (CEDOH-CRIES, 1997, p 65) reafirma lo plateado por Ramón Rosa.
 Por otra parte es una media verdad, porque todo régimen autoritario se sustrae del resto de la sociedad, dicta  y aplica las leyes a su conveniencia y es juez y parte en las cosas que le convienen. Un ejército profesional, en cambio, estará siempre subordinado a la sociedad o a aquello que denominamos poder civil. Ni la crisis de espionaje político que llevó a Nixon a una obligada renuncia, ni los “actos impropios” de Clinton con una ex becaria de la Casa Blanca, provocan en los Estados Unidos de América, la intervención del Ejército para mediar en la crisis.
Lo que más bien ha existido en Honduras, por los niveles de corrupción y oportunismo es un ejército mercenario y no propiamente un ejército profesional (porque una cosa es que alguien aprenda el uso adecuado de las armas y devengue un salario que le permita vivir con dignidad, y otra que valiéndose de la armas imponga el terror en las comunidades y obligue a los pobladores a congraciarse con él); de ahí las expresiones surgidas en la Voz de los Estados Unidos de América, en las que se sostenía que este era “un Estado al servicio de un Ejército”.  Pero también lo fue al servicio de Carías, de López Arellano, de Manuel Bonilla, de Terencio Sierra, de Luis Bográn, de José María Medina o de Francisco Ferrera.
Honduras ha sido  un botín para caudillos déspotas, vulgares unos, medio ilustrados otros, que nunca se propusieron, como lo querían Valle o Morazán, elevar el país a un sitial de dignidad, alcanzado mediante la ejecución de reformas profundas en lo administrativo y en  lo institucional, y mediante la educación de los pueblos; porque como decía, precisamente Valle: “Pueblos,  procurad seriamente la educación de vuestros hijos. Si no hay luces y virtudes en ellos, la libertad sólo estará escrita en la Constitución que la declara”.
De ahí que el autoritarismo, la anarquía y el oportunismo  se convirtieran en los valores más celosamente cultivados por las dirigencias de todo tipo y que la indolencia, pasividad y abyección lo fueran entre la amplia masa campesina ignorante. Entre ellos unas pocas voces que jamás tuvieron eco, pues se ahogaban en el tumulto de la multitud envilecida. 
Las Fuerzas Armadas, pues, ascendieron, como atrevidos charlatanes ante la pasividad de un pueblo ignorante, igual como lo habían hecho tantos otros en el pasado. Y eso es de lo que la oficialidad que dio el Golpe de Estado de 1956 estaba consciente que, manteniéndose al margen de los partidos políticos tradicionales, el botín del Estado sería de ellos.
La Caída, como les sucede a todos los caudillos cuyo único propósito es acceder al poder sin haberse preparado para ello, comienzan cuando se ubican en su máximo nivel de incompetencia, es decir, cuando inician la aplicación de El Plan Nacional de Desarrollo; el cual también, desde otra perspectiva los había llevado al punto más alto de sus ejecutorias gubernamentales.
Forjados, sin embargo,  en el conocimiento de las armas y arrobados por los beneficios que depara el poder, especialmente cuando es de facto,  no aprendieron jamás la dinámica del gobierno, no crearon un estilo distinto para establecer comunicación con la población en sentido general ni con los sectores organizados; por el contrario, algunos vicios, no tan notorios del caudillismo decimonónico o del cariísmo, como la corrupción, la represión sistemática, la impunidad, el arribismo, etc., se incrementaron.
De ahí que El Plan fue un fracaso anunciado. Por la misma razón, la crisis de cúpula resultaba cada vez mayor, pues mientras López Arellano se había mantenido casi dos décadas al mando (1957 - 1975), su sustituto, Juan Alberto Melgar Castro, a duras penas, sobrepasó los tres años ( 22 de abril de 1975 al 7 de agosto de 1978): por su parte el  Triunvirato presidido por Policarpo Paz García, presionados por Estados Unidos y los partidos políticos tradicionales y demás sectores organizados, sobre todo el empresarial, convocaron finalmente a elecciones, como es sabido; mostrando de nuevo su incapacidad de conducción.
Es claro que conservaron, entonces un cuota significativa del poder a través de un presupuesto otorgado en secreto y de una serie de instituciones estatales (t estratégicas)  que quedaron bajo su control hasta enero de 1994, tal es el caso de HONDTEL, la estatal telefónica, La Portuaria, La Marina Mercante, Migración, entre otras.
Vale la pena destacar que entre 1975 y 1984 las Fuerzas Armadas ponen de manifiesto su “profesionalismo” en el uso de las armas. A los dos meses de haber asumido Melgar Castro se produce la masacre de “Los Horcones” (Olancho), llamada así por el nombre de la hacienda donde fueron encontrados los cadáveres en un pozo malacate, aunque el asesinato lo habían perpetrado los miembros del ejército en el Centro de Capacitación Santa Clara.
A partir de aquella fecha  habría, pues, un franco  retroceso de lo más sobresaliente del Plan Nacional de Desarrollo: La Reforma Agraria. A ello se sumarían más denuncias sobre actos de corrupción, entre otras, la que saca a relucir  Yllescas,    a través de un Informe que le costó el cargo que desempeñaba como funcionario del entones Ministerio de Hacienda. Posteriormente los militares considerados “progresistas”, es decir, aquellos que habían sido designados por López Arellano y que parecían haber tomado en “serio” las expropiaciones, fueron enviados al exterior en cargos diplomáticos.
Empero, no se trata, como apuntáramos antes, de hacer una relación de los hechos públicos protagonizados por militares, sino más bien destacar, en esta última etapa, el cambio  experimentado, al pasar de una actitud “paternalista” a otra marcadamente represiva.
Cuando ceden el poder “obligados por las circunstancias de su incapacidad” se combinan varios factores como bien sabemos. Por un lado la presión de USA por la situación de Centroamérica ( Caída de Somoza y ascenso de los sandinistas al poder en Nicaragua, guerra civil en El Salvador y Guatemala) con el propósito de reducir las posibilidades del surgimiento de una guerrilla al interior de nuestro país; presión de los partidos políticos tradicionales y de los sectores organizados (maestros, obreros, campesinos, etc. ) como consecuencia del desprestigio paulatino de la dictadura militar, sobresalen entre las principales causas del traspaso de la Presidencia a los partidos políticos, aunque no del poder real.
Nos parece que, si las Fuerzas Armadas, es decir, sus oficiales hubiesen estado preparados para gobernar y no solamente para el uso adecuado de las armas de guerra, los resultados de Plan Nacional de Desarrollo habrían sido otros; pero vistas las cosas tal como se produjeron, son muestra clara que lo puesto de manifiesto en aquellos actos, no  eran más que mecanismos para perpetuarse en el poder. No  había preparación ni compromiso con el país, únicamente el propósito fácil de acumular fortuna, tal y como ya lo habían hecho otros  charlatanes en el pasado.
La inercia, la fuerza de las cosas fue más poderosa, de ahí que en adelante se dedicaran a responder a las necesidades generadas por las diversas coyunturas surgidas.
Carentes de preparación y de imaginación no tuvieron más alternativa que  convocar a elecciones, aunque procurando, eso sí, favorecer al Partido Nacional, como ya había ocurrido en 1965 y en 1971.
Sin embargo el desprestigio, por una parte, y el desprecio que generaban, por otra, fueron el mejor incentivo para que la población votara en contra del Partido Nacional y a favor del Partido Liberal, en abril de 1980. Situación que se repetiría en  noviembre de 1981 de manera más contundente.
Lo que ignoraba la mayoría de la población era que el poder iba a volverse tricéfalo, puesto que el gobierno civil se encontraría entre la presión, nunca antes, tan evidente, de los Estados Unidos a través de su embajada, y la de las Fuerzas Armadas a través de su cúpula, pero en especial, la del  meteórico Gustavo Alvarez Martínez, quien  procuró recuperar el “prestigio” de sus compañeros de armas mediante el incremento de  la represión.

La Aplicación de la Doctrina de la Seguridad Nacional dio excelentes resultados, tanto a los militares como a los Estados Unidos de América, pues lograron sofocar la subversión interna mediante la desaparición selectiva de decenas de hondureños y extranjeros vinculados a las luchas reivindicativas y   al aplastar el único brote guerrillero que, proveniente de Nicaragua, se internó en Olancho.
Ello marcó el punto más elevado de odio y desprecio de la gran mayoría de la población hacia las Fuerzas Armadas y sus distintos cuerpos.
Así, cuando un sector disidente de la cúpula militar le propina un golpe de barracas (algo que se volvería normal durante el resto de la década), si bien la población recibe con alegría el suceso, no pierde las perspectiva con respecto a la Institución, como había sucedido en 1956 ó en 1972. 
Es un hecho claro que la larga permanencia en el poder, en vez de significarles prestigio, se tradujo en  deterioro de la imagen del militar, de la policía y de los cuerpos de investigación.
Habían resultado, ante los ojos de los sectores más críticos y conscientes de la hondureñidad, peor que muchos de los antiguos caudillos del siglo XIX o de la primera mitad del siglo XX.
Sin sólida preparación académica, a la inventiva popular le fue fácil compararlos, como en las fábulas, a los animales menos provistos de juicio y a los más dotados de fuerza.
Hacia finales de la década anterior, su signo más evidente del ejercicio autoritario del poder, lo constituían las haciendas, edificaciones e inversiones diversas (en la actualidad son 18 la empresas que dependen del IPM, entre financieras, compañías de seguros, radioemisoras, etc. sin contar las que individualmente pertenecen a muchos generales o coroneles en calidad de retiro).
Provenientes de hogares humildes en su mayoría, bastaba con que fuesen nombrados jefes, a veces de una simple subdelegación, para que vieran crecer  sus ahorros. Muchos se acostaban pobres y amanecían ricos.
 Derrotados por sí mismos, es decir, por su ineptitud para los asuntos de gobierno, vencidos por la  tentación de la riqueza y no por las armas de la guerrilla y despreciados por el pueblo, a cuyo abrazo  aspiraban en 1956, en 40 años (menos de lo que dura la vida, pasión y muerte del ciudadano promedio de hoy) la cúpula de las Fuerzas Armadas tuvo la oportunidad de presenciar su gestación, nacimiento, desarrollo, expansión  y agonía.
Con el rabo entre las piernas, como los perros derrotados, observan hoy el derrumbe de aquel inmenso castillo de arenas movedizas construido con la  sangre, el sudor  y las lágrimas de un pueblo ignorante, digno de mejor suerte.
Como bien ha escrito Dante Gabriel Ramírez, en su ensayo antes mencionado: “En esta segunda mitad del siglo que termina hay más de un momento preciso en la historia nacional en que las Fuerzas Armadas estuvieron a punto de conjuntar voluntades y enrumbar el país por nuevos derroteros. Tuvieron la oportunidad de unir en un solo puño el unilateralismo de los partidos políticos y arremeter con fuerza los obstáculos que secularmente ha tenido nuestro desarrollo. La hora pasó. Se volatilizó la oportunidad histórica como el paso sin huella del viento” ( Op. cit. p vii)
Por supuesto, como todos los que alguna vez han detentado el poder con enorme irresponsabilidad, tampoco han querido renunciar a él con la solvencia de aquellos que se sienten satisfechos por la labor realizada. Entre 1990 y 1993, frente al destino que les anunciaba el oráculo de un mundo unipolar comandado por los Estados Unidos de América, consiguieron de la Administración Callejas múltiples facilidades para involucrarse activamente en el mundo empresarial, al permitírselas, por ejemplo, adquirir a “precio de gallo muerto” una de las pocas empresas estatales rentables: INCEHSA (Industria Cementera Hondureña, S.A. ).
Sin embargo, la caída era inevitable. Así ante la presión de los sectores civiles organizados,  de los grupos de vanguardia al interior de los partidos tradicionales y de la sociedad en su conjunto , que parecía despertar de un sueño de siglos, han comenzado a pagar su deuda, a experimentar la ruptura de su “espíritu de cuerpo”; primero, cuando se decretó la desaparición de la DNI (Dirección Nacional de Investigaciones (antes DIN, Departamento de Investigación Nacional), después cuando el ex Presidente Carlos Roberto Reina, previo a su toma de posesión, desestimó las propuestas (ternas) enviadas por el Consejo Superior de Las Fuerzas Armadas para que asumieran la conducción de Hondutel, el Ministerio de Defensa, la Marina Mercante, jefatura de la Guardia de Honor Presidencial y el Instituto Geográfico Nacional.
El precipicio apareció más inminente hacia finales de abril de 1994, al aprobarse El Servicio Militar Voluntario; finalmente el descenso alcanzó una mayor celeridad, al aprobarse  en 1995 el traspaso de la Policía a jurisdicción civil. Asunto totalmente consumado en días recientes.
Paralelamente,  la Fiscalía General, con sus acciones abrió un nuevo capítulo en la historia institucional hondureña, al solicitar entre otras cosas, que se juzgara a diez oficiales por haber practicado detenciones ilegales, torturas y desapariciones en la década anterior.
Ya para finales de 1993  el informe del Comisionado Nacional de Protección de los Derechos Humanos, Leo Valladares Lanza: “Los hechos por sí mismos”  había  reconocido  que sí hubo responsabilidad y silencio de autoridades  civiles y militares en la desaparición de hondureños, con lo cual el Estado hondureño pasaba a aceptar la aplicación de la Doctrina de la Seguridad Nacional y sus consecuencias posteriores.
Ello marcó un paso importante en el combate a la impunidad, pues, a partir de 1994, se han emitido considerables órdenes de captura contra oficiales o militares de menor rango en servicio activo o en retiro; y se han practicado aprehensiones y condenas a los encontrados culpables, generalmente  por diversos delitos comunes que en el pasado quedaban sin castigo.
Estos significativos cambios experimentados en las instituciones hondureñas y, en general, en la cultura política nacional, si bien han estado influidos por la nueva estrategia  de seguridad de los Estados Unidos de América, tienen una gestación y un desarrollo mayor en nuestra sociedad; de ahí que la reciente ratificación de la supresión de la Jefatura de las Fuerzas Armadas aprobada por El Congreso Nacional, parece cerrar un amargo capítulo de nuestra historia y renovar las esperanzas de fortalecer la institucionalidad y  la democracia.
Ello no significa que el autoritarismo haya desaparecido. Pero sí que hemos logrado establecer una frontera entre un pasado rico en el atropello y la negación de libertades y un presente, aún incierto, pero necesario para la construcción de una sociedad más justa, solidaria e identificada consigo misma y no con el tiranuelo de turno.
Del lado militar tendrán que pasar muchos años más para que las nuevas generaciones de oficiales dejen de ver la carrera militar como una preparación previa para ir tras el botín de un Estado.
De parte de la sociedad en su conjunto se requiere celo, para ir forjando una Honduras democrática y participativa que no se incline con facilidad y docilidad al amo de turno, que respete, pero que jamás tema a su presidente y que apoye, pero que jamás se someta a sus organismos de seguridad.
Preocupa por ello escuchar, en medio de la crisis que ha provocado el devastador huracán Mitch, voces que proponen el continuismo  o la reelección del actual mandatario, como si la salvación de Honduras dependiera de una sola persona y no de toda la sociedad. Es la voz del autoritarismo que sale a flote cada ocasión que puede, es la voz que es necesario apagar, censurar y someter al peor de los ostracismos, para que tengamos oportunidades ciertas el nuevo siglo.

Diciembre, 1998

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